Expone del 23 de febrero al 19 de marzo en Casa do Brasil de Madrid

      

El mundo simbólico de Elena Llongueras a través de su obra

   

 

 

La creadora andorrana Elena Longueras expone en Madrid, en Casa do Brasil, del 23 de febrero al 19 de marzo, en Avenida Arco de la Victoria, s/n, 25 obras, realizadas en acuarela sobre papel caracterizadas por su simbolismo y expresivo colorido.


Setas, árboles, lirios, vegetación, peces, pirulís, montañas, casas, hojas, bosques de hojas que inundan cual imagen de cine proyectada en gran pantalla la composición. Hojas que están consideradas como el escenario primero, la antesala que conducirá al espectador al mundo simbólico de Elena Llongueras. Ilustradora, pintora, amante del dibujo, perfila los detalles, buscando rotundidad exenta de agresividad, para insertarnos en el mundo de Alicia, dentro del espejo, pero visto desde fuera, en la que la protagonista es la propia Elena. Eso sí, vista en clave de enigma, dado que, en ocasiones, no sabemos si es puro simbolismo, es decir una excusa iconográfica para mostrarnos determinados estados de ánimo. Miramos la composición y vemos un estado de ánimo, una influencia en el mismo, que no es física, que no se puede expresar en palabras, tampoco en imágenes, porque se trata, más bien, de una sensación. 


Es una generadora de sensaciones, de sentimientos que flotan cual nubes de algodón, incluso cuando tiene que expresar estados de ánimo sumidos en el conjunto del ambiente de la composición. Estados de ánimo que poseen un punto de onirismo, de inocencia soñadora, que se concreta a partir de pensamientos de gran pureza, en busca de aspiraciones de transparencia, de verdad en lo más sutil y sencillo del alma. 
La sencillez es un grado de pureza, porque supone abandonar los oropeles de la magnificencia, de la riqueza externa, para adentrarse en la magnificencia de la riqueza formal, conceptual, filosófica, mágica y cromática, que encierra la propia naturaleza, espacio de donde procedemos. 

 

Las hojas como introducción
   

Las hojas, -por cierto exóticas, tropicales, extrañas, sensuales, universales-, son la introducción al medio ambiente de la creadora, a la selva que está formada por laberintos de conformaciones vegetales variadas. Dentro de la composición todo es sensualidad, edulcoración y expresión cromática sutil, con personajes y seres de diversos reinos convergiendo como plumas al viento en una dinámica donde la materia desaparece o está al servicio de la idea. 
Predomina el concepto, la suma de pensamientos, en un ambiente en el que la sensación se enseñorea, facilitándonos el camino para entender el estado de ánimo, el conjunto de estados de animo. En este contexto no hay línea recta, no existen las aristas, en un ámbito en el que lo importante es la sencillez con que está estructurada la composición y sus elementos hasta el más extraordinario ínfimo detalle. Ello implica la totalidad de la existencia en sí misma, en el sentido de comunicarnos la facilidad con que podemos bucear en las nubes de nuestra memoria, para instalarnos en un claro del bosque, en mitad del abismo natural o en el río que se convierte en un espejo de cristal donde se reflejan los rayos del sol. 
De repente las hojas se hacen más intensas, su presencia incrementa su fuerza porque interesa que lo significativo sea el interior que enmarcan, para que el espectador se dé cuenta de que ha entrado en el mundo de Elena. Un mundo nutrido de sensaciones, a través de las que viajamos de forma constante mostrándonos momentos de éxtasis, relax, ternura, melancolía, contemplación, serenidad, paz, tristeza... Es un personaje complejo, independiente, aparentemente tranquilo, pero muy suyo. Está en su mundo, interior y exterior y, dentro de su mundo, muestra la fuerza que también tienen sus diferentes otros mundos. Elena, -su personaje-, es libre, no gusta estar encadenado, sino que lo que pretende es ser independiente en un contexto creado para el ensueño o el deleite de quienes están ávidos de sensaciones. 

Una bruja que es Diosa de sí misma

Volvemos a las hojas, que nutren también los árboles, que forman parte del paisaje, no a modo de anécdota, sino cobrando un claro protagonismo. Son parte de su escenografía, en la que la naturaleza juega un papel muy importante. En realidad es un retorno claro y armónico del ser -encarnado por Elena- a los espíritus de los devas, de las esencias que manejan las brujas, que vuelan libres porque su Diosa domina. En este sentido Elena es bruja, una bruja que es Diosa de sí misma. Una Diosa que va más allá de sus atributos, pero que, además de saber hacer encantamientos, también realiza los actos normales de la vida cotidiana. 
No trabaja con pócimas mágicas, no emplea calderos de fórmulas vegetales y minerales, sino que utiliza su imaginación para volar cada vez más alto. Una imaginación que no es alambicada, huye de lo gótico, se interesa por la placidez del alma, por la serenidad de lo exterior, despojándolo de atisbos innecesarios y terribles. Es una encantadora de imágenes, que juega con las secuencias, que investiga gráficamente, para alcanzar una nueva altura poética, que se manifiesta con calma y fortaleza. En lo sencillo está lo complejo. Lo que está arriba está abajo y lo que está abajo está arriba. La ruega gira, la composición se pone del revés y la temática aguanta. Hay movimiento estático, pero dentro de un dinamismo congelado al segundo. Parece que el tiempo se ha detenido, pero determinados atisbos y comportamientos, actitudes y posición de los astros, tipo de hojas y árboles, nos revelan la estación del año. Detalles que son actitudes que surgen de su forma particular de ser coherente consigo misma y con la naturaleza que la rodea. 
Posee un planteamiento cinematográfico, porque juega con su propio personaje, posicionándolo en dos, tres y hasta en cuatro emplazamientos diferentes en una misma pintura. Aquí y allá, al margen del bosque de hojas, dentro y fuera, arriba y abajo, en la casa, a lo lejos, plano intermedio y en primer término. Es como un conjunto de films que se proyectan a la vez, conformando una nueva película en la que todo tiene su orden, pero en la que se denotan los distintos planteamientos. 

Observadora de su propio personaje

En realidad observa de forma cotidiana sus actuaciones, con la serenidad de quien lo hace desde fuera, para comprender mejor su interior. Se desdobla del personaje cotidiano que es ella misma, que surge con fuerza de su propio yo. No hay trucos, simplemente capacidad diversa para ver las cosas, de manera instantánea, con sutileza, sin emplear posiciones extremadas, sino, más bien, una manera elegante de ser observadora de su propio personaje. Lo que está haciendo realmente es reflejar a la humanidad, a la persona en general, al ser humano que parece estar navegando en mares de insólita tristeza o bien de serena soledad. Es un canto a la serenidad solitaria de los seres que conforman la totalidad de la tierra. De ahí que sus lirios blancos con ojos expresivos que la acompañan sean fieles a lo largo de su recorrido de esta última producción. Se trata de ser coherente con la placidez de la inocencia, de ser inmaculada en sus sueños. Es una productora de sueños, de ensoñaciones que son imaginativas, manteniendo cada una su propia independencia, permitiéndole crear una obra distinta en cada ocasión. Busca la originalidad dentro del tema, pero cada obra en especial, considerada como individual, posee su propia personalidad. 
Comedida, precisa, calculadora, geométrica, en el sentido de ubicar cabalmente la composición, sin dejar nada al azar, sin jugar con el resultado final, sino pretendiendo buscar el grado de complejidad que tiene en su interior, representándolo como resultado de su actitud diversa, en el sentido de alcanzar un planteamiento mucho más allá de la mera descripción. 
Constatamos el proceso de creación de la pintora andorrana, en el sentido de lograr indagar más allá de sus sentidos, en el aspecto de obtener una dinámica de su proceso vital, centrado en su casa, en el territorio que sitúa dentro del espejo de Alicia, en el que se desarrolla con fuerza su acción, hasta el punto de que consigue conexiones con mundos infantiles, con las necesidades creadas por su imaginación, que están pidiendo constantemente un mundo más feliz, en el que no existe el odio, en que ha sido eliminada la violencia, exhibiendo praderas verdes, llenas de flores, en las que su personaje, Elena, se columpia, o bien pasea, mira el monte a través de la ventana de su casa o desde su puerta. Hay una clara simbiosis entre la pureza y la necesidad de paz, para alcanzar la vitalidad esencial, la fuerza que le impele a ser ella misma, nutrirse de los espíritus dévicos, practicar conjuros de magia blanca para beneficiar a la humanidad y a ella misma. 

Peter Gabriel y el ser producto de un sueño

Captadora de instantes, potenciadora de imágenes que son vivos retratos de un alma pura, que anhela un mundo de solaz, en el que la armonía no se ha roto, en el que no se ha oído hablar nunca del cambio climático, como tampoco de las guerras, el terrorismo o los secuestros. Se trata de una visión idílica, sublimada de una realidad, que es la suya, la que se encuentra en el país de las Maravillas, retozando, mirando la exhibición cromática de una flor, de un conjunto de árboles, de praderas que se extienden, enormes, mucho más allá de los limites conocidos. 
En otras ocasiones, su afán por emplear hojas para que protejan su ambiente compositivo, limita el horizonte pero nos define mejor su intención final; situándonos en el marasmo de sus ideas, de sus anhelos, porque es como si la creadora plástica, residente en Tiana, nos dijera que somos producto de un sueño, formado por nubes, con música de Peter Gabriel y de Génesis. Rock sinfónico experimental, imágenes de utopía, flores, suaves perfumes de flores, que aromatizan los cerebros hieráticos de una sociedad cada vez más desenfrenada. Pero ahí está el culto a la inocencia, el cultivo de una actitud de paz consigo mismo y con los demás. Incluso, también, un cierto sentido espiritual, porque, en realidad, su constante búsqueda de la paz, es el camino que nos puede conducir a eliminar diferencias. De ahí que su personaje más importante, -ella misma-, a pesar de contratiempos y encerronas, sigue adelante, con la vista firme, con la decisión en la mente y contando con el corazón para transformar el mundo visible, para cuadrarlo con el invisible. 

Piruletas, lirios blancos, peces, el mar, barca y Elena

Piruletas, lirios blancos, peces, el mar, aguas, remolinos del agua, barca, pescadores, Elena, en busca de la sensibilidad perdida. Siempre la sensación de búsqueda se manifiesta de manera clara a través de su obra. El hecho de pescar, de buscar en el horizonte, de otear en la pradera, mostrando la sensación de esperar o de anhelo. De ahí la sensación de tristeza y melancolía. Estadios, estados del alma que se encaprichan de Elena, que la motivan para seguir buscando de manera constante. Es una buscadora de un mundo donde desaparece el odio, donde la fragilidad queda sustituida por el amor. De ahí los peces, las barcas, los pescadores, la mujer niña llorando, los instantes de soledad. 
Las piruletas, caramelos, lo dulce, necesidad de ser reconfortada. La piruleta-sol, que juega con lo simbólico de manera doble. Por un lado el sol, astro rey, regente del cosmos en el que nos encontramos, influyendo en la vida de la tierra; y el sol convertido en piruleta, en algo dulce, es decir en cariño. Un sol cariñoso, que es a la vez persona, que forma parte de la necesidad de amor. Todo es espontáneo, pero cualquier punto que analicemos de su obra, constatamos que está ahí cumpliendo una función simbólica. 
Su pintura se convierte en la escenografía terapéutica, en el medio producto de la actuación propia de un chamán para la creadora andorrana, dado que le permite ser el vehículo para desencadenar la catarsis personal. Y, desde esta actitud de chamán, poder reconvertir una realidad, que, en ocasiones, es demasiado contundente. De ahí que su obra trasluzca espontáneamente una idea de serena voluntad de transformar la existencia. No hay negatividad, sino energía concentrada en todos los elementos que conforman su temática. 

Montañas, mariquitas, caracoles, la casa

Montañas, mariquitas, caracoles, la casa, todo tiene su papel. Las montañas son la fuente de energía que dota de consistencia la composición, que llena los pulmones de sus personajes, recordándonos a su Andorra natal, un país de alta montaña, cargado de oxígeno, de fuerzas ancestrales que aun hoy conjuran en plan animista los espíritus de la zona muchos años dormidos. La nieve, como elemento inmaculado de sus montañas, largo tiempo presente, como signo de pureza, de deseo de regenerar el ambiente. Las mariquitas, esos encantadores insectos que se convierten en protagonistas especiales de nuestros paseos en la naturaleza, que podemos encontrar también en algunas de sus obras, son símbolo de buena suerte, de año de bienes, de apoyo para conseguir el renacimiento de una buena vida. Mientras que la casa, es el templo, el habitáculo que le permite ser ella misma, convertirse en artista, siendo, a la vez, la inocente Alicia en el País de las Maravillas; pero, también Elena, pintora, cuya actividad descansa en la capacidad de ser literaria con ella misma, de convertirse en protagonista del drama que le impulsa a ser un personaje de guiñol. De ahí que se presente en el alfeizar de la ventana, ante la casa, dentro, en el jardín, en las ramas de un árbol, con una vaca, andando o bien contemplando al astro rey. 

El mirar y el saber ver

En su obra pictórica hay una continua referencia a ella misma, a mirarse para ser mirada, presentándonos varias opciones, que plantean la posibilidad de que se potencie el circulo de miradas, para que sea el espectador quien mire, aunque también este tiene el riesgo de ser mirado, a su vez, por la autora. ¿Dónde está el primero y donde la segunda o al revés? ¿Importa mucho? Yo diría que sí. Por que si es Elena quien mira, está claro que está traspasando los límites de su mundo feliz, del espejo de Alicia, para entrar en nuestra realidad. Mientras que si, es el espectador quien está mirando las miradas de Elena, somos nosotros los que entramos en su mundo imaginario. Y la tercera opción significa que si es ella la que, finalmente, observa al espectador, supone que ha logrado desdoblar su comportamiento y se encuentra tanto dentro de su país imaginario, con fronteras reales impuestas, como también supone que está fuera, contemplando su particular escenografía, tan hábil, que ha logrado implicar en la misma al espectador, haciéndolo participe de su mundo.
Más que palabras o expresiones orales, lo que cuenta, en ocasiones, para darse cuenta de donde uno está realmente, es saber mirar. Basta saber ver, la actitud de la mirada penetra como si fuera una máquina potente de rayos equis que nos permite ser coherentes con lo que estamos viviendo porque hemos comprendido su significado oculto. De ahí que Elena profundice en este significado escondido en el interior del subconsciente, aunque al espectador no le dice cómo ni tampoco le facilita el camino. Pinta para que encontremos la llave que nos conduzca al fondo del enigma. Un enigma que se nos revela tarea compleja hasta que nos damos cuenta que somos nosotros mismos los que, conociéndonos, sabremos el camino ideal que nos conducirá al camino de todos los caminos, a la ciudad de todas las puertas. 
El misterio, el gran misterio del cosmos existe, y, este nos manda profetas, iluminados, gente santa que nos pueden conducir en distintos idiomas y prácticas a su conocimiento, pero siempre comenzando, como primer paso inexcusable, por estar en armonía con uno mismo. De ahí que la creadora considere que la casa, su casa, es el templo, su propio templo, el caparazón formal externo en el que se permite indagar más allá de los formalismos. Su casa es el templo donde ora, medita, trasciende, se pone en contacto con los espíritus dévicos de la naturaleza y los espíritus más avanzados. 
Las piruletas, flores, peces y caracoles, representan la suavidad, la sensualidad de gestos, las formas que se adaptan unas a otras con un marcado sentido sugerente. Esta necesidad de unión, de conjunción es lógica en el mundo binario que nos ha tocado vivir. De la misma forma que la casa está presentada como un castillo encantador, como un templo rústico, sencillo, de madera, noble, en el aspecto de ser cálido, intrínsicamente lleno de fuerza vitalista, de inocencia purista. 
El arte de Elena Llongueras es producto de su imaginación, busca a través de lo sencillo, presentar un mundo ideal, en el que también se sufre, pero menos, cuya composición incluye todos los instantes y también la llave que nos abrirá las sucesivas puertas del conocimiento. Ahora bien, hay que estudiar, es necesario tener informaciones de lo cotidiano y de lo sublime, para ir descifrando su cosmos, la multitud de símbolos que son como pequeñas llaves que dan acceso a otros compartimentos más amplios. No hay que perderse en el laberinto, porque es complejo, aunque llano a la vez. Quizás de tan llano que es, se transforma en una pléyade de direcciones que se exhibe como un cúmulo de interrogantes que van más allá de su concepto primigenio. 
Si hay preguntas es porque existe la búsqueda, una necesidad de hallar respuestas a todas las claves, a todos los mundos; porque, en ocasiones, el mundo de la imaginación está a partir de donde estamos nosotros, y, en otras, la realidad es solo la forma con que vivimos la vida, aunque los actos son los que definen realmente el sentido de todo. Pero las almas están, las energías transforman la existencia, los espíritus vuelan libres en otras dimensiones; mientras, la imaginación construye sus propios caminos y su propio mundo.


Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte


     

 

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