50 BIENAL DE VENECIA

 

 

 

La 50 edición de la Bienal de Venecia presenta, además de los pabellones nacionales, once exposiciones distintas comisariadas por curators diferentes, todo ello coordinado por su comisario general, Francesco Bonami, exhibiendo dentro de un concepto de unidad en diversidad, el arte de más de 30 países. El propósito de dicha Bienal es presentar los desafíos individuales y los globales a los que se ve sometido el arte, devolviendo al espectador la relación personal entre éste y el creador. La fragmentación a la que se ve sometida la Bienal, explica la realidad actual, de un mundo políticamente incorrecto, que, sin embargo, intenta el diálogo para equilibrarse. Esta dualidad también está presente en la Bienal y ello constituye un acierto de Bonami, dado que muy lejos de presentar la Bienal como políticamente correcta, lo hace estableciendo cotas de poder en las que predomina la creación de nuestra civilización, aunque huyendo de la apropiación indebida de lo Occidental respecto al arte. De esta forma, africanos, chinos, árabes, israelíes y occidentales pueden dialogar a partir de sus propuestas. Esta es una de las bienales más políticas, pero, a la vez, más descentralizada y descontextualizada de los grandes popes y de la dictadura de la crítica nacional de los países que mandan en el mercado.

       
El arte no es el mercado, sino que el mercado es la consecuencia del arte y como tal podemos afirmar que Francesco Bonami lo ha conseguido. Otro logro que a mí me parece fundamental es que la 50 edición exhibe la contradicción del arte y los valores emergentes, las culturas potentes pero también las que lo serán próximamente, alejándose del concepto de parque temático al que parecen abocadas otras bienales.

       
En la presente ocasión la Bienal se ha titulado 'Sueños y conflictos. La dictadura del espectador', título que alude a la necesidad de que el espectador como individuo retome su poder dentro del contexto del arte como individuo y no como masa a la que parecen guiarle las grandes exposiciones edulcoradas con un marketing escandaloso, ligadas al turismo, para engrosar las arcas de un sector que precisa nuevos estímulos, dirigiendo el arte hacia el espectáculo, cuestionando sus cimientos y convirtiendo a los artistas en actores de un guiñol. 
        
La diversidad como fuerza energética ante la apisonadora de la coherencia
     
En Venecia hemos podido contemplar el auge de la diversidad, que, por si misma, no tiene que buscar coherencia, porque en una Bienal lo importante es la representación de lo creativo, al margen de la política, en el sentido purista del término, aunque no se pueda desligar porque forma parte del todo. De ahí que Bonami haya acertado en su necesidad de remarcar el posicionamiento del arte ante el mundo, porque la creación está implicada en los cambios sociales, políticos, creativos, económicos y militares. El arte es cultura y como tal hay que desligarlo de la tendencia de buscarle una coherencia ante el espectador. El arte tendrá o no coherencia, según el grado de implicación que el espectador desarrolle a título individual, pero no hay que buscar la presentación armonizada para hacerle entender este fenómeno, porque entonces entraríamos en línea con un cierto fascismo homogeneizador que parece brotar de algunos países con la intención de buscar un arte nacional, sin pretender hallar explicaciones a sus verdaderos sentimientos y logros. 

    
Los espacios expositivos de grandes proporciones de la Bienal de Venecia actual constituyen por si mismos una elaborada y premeditada forma de presentación para aislarlos, pretendiendo exhibir al espectador la naturalidad de esta pléyade de mundos, esta presencia cada vez más clara de lo particular en un mundo globalizado por intereses económicos, con un 'tempo' adecuado, sin abigarramientos. Lo particular, dentro de lo solidario, es la mejor forma de potenciar el arte para que nada quede al margen, porque la dinamización de la creación depende de las aportaciones múltiples. Hay que seguir en esta línea, para distanciar cada vez más y mejor el arte de lo Occidental, porque lo importante en la creación artística no es el etnicismo, ni tampoco los fenómenos que segmentan creaciones pertenecientes a pueblos determinados incluida nuestra civilización, sino la postura de diálogo y la presencia de artistas de los cinco continentes, a pesar de que a determinados críticos les pueda parecer que sus aportaciones no estén a la altura. A veces, es una cuestión de puntos de mira y de acostumbrarse a la diversidad como expresión del arte más puro. En línea con lo que estoy diciendo destacaría 'Representaciones árabes contemporáneas', donde hay una complejidad en las ideas que sugiere elaboración, asimismo se expresa una idea de laberinto indomable sugestiva.

         
Entre las exposiciones fundamentales, que constituyen el eje de la Bienal, están la apuesta por la pintura en un contexto de cambios y la constatación de su evolución, comisariada por Bonami: 'Pintura: de Rauschenberg a Murakami, 1964-2003', en la que el transalpino presenta el diálogo imprescindible para entender su significado y transformación, aunque falten piezas trascendentales y, asimismo, se eche de menos una potente visión de este medio. Lo importante es el hecho del asentamiento del concepto que la anima basado en la idea de que la pintura es una disciplina irrenunciable. Otra de las muestras, también comisariada por el crítico italiano residente en Chicago (Estados Unidos), es la titulada 'Retrasos y revoluciones', formada por aportaciones de gran significado y creaciones de calidad que le dan un contenido sustancial, en el aspecto más conceptual de la presentación de su contenido.
  
Santiago Sierra, la búsqueda de la utopía a través de la dureza de los materiales 

Una de las aportaciones españolas más significativas en esta Bienal es la de Santiago Sierra (Madrid, 1966), un artista que ha alcanzado un grado de madurez envidiable y que va a contracorriente con respecto al arte actual, en el sentido de que apoya la utopía como motivo impulsador de su arte, asumiendo tareas de agitador, cuando la mayoría de creadores prefiere experimentar para sorprender, dentro de una marea de planteamientos innovadores pero vacíos, en el sentido literal del término. Es decir que Sierra se nutre de lo efímero para convertirlo en formas que son materiales que configuran planteamientos concretos, en los que instalación, escultura, performances, acciones e intervenciones se unen, empleando materiales en desuso o que están siendo utilizados para otros fines. Reivindicador romántico de una realidad mejor, emplea acciones en las que intervienen personas, caso de los inmigrantes encerrados en la bodega del barco de Barcelona, las escenas de masturbación colectivas, pagar a seres para que les tatúen su cuerpo o bien plasmar líneas en las espaldas de meretrices heroinómanas, personas encerradas en cajas de cartón u otras que prohíben la entrada a un Museo. Todo ello para denunciar el absurdo, las malas condiciones de trabajo, el tratamiento inhumano de los inmigrantes, la autodestrucción, la alineación o la moral burguesa. Es un conspirador dotado de alas, que sobrevuela los problemas, enfrentado a los espectadores a temáticas expuestas con toda crudeza; es decir que no busca la sorpresa, sino la implicación emocional del usuario dado que no pretende dejarle indiferente. En Venecia Santiago Sierra propuso en el Pabellón de España un muro de ladrillos con el nombre de España cubierto con un plástico de color negro, ironizando sobre el nacionalismo excluyente sea del signo que sea y de donde venga, argumentándolo con la imposibilidad de acceder al interior del pabellón español si no era con la presentación de un documento oficial de identidad española. Asimismo también plasmaba el tema excluyente que supone la persistencia de las fronteras como instrumento de control, además de ser el exponente más duro de una política antiterrorista preventiva. El muro, que fue derribado en Europa, vuelve a surgir, pero esta vez no es a causa de la guerra fría, sino de la inmigración, también con sus consiguientes motivaciones ideológicas y económicas. De la confrontación Este-Oeste hemos pasado a la de Norte-Sur, aunque persiste el mismo problema: la diferencia de clases sociales y de poderes dinamizadores. Este hecho lo constata de forma precisa Santiago Sierra, con una elegancia geométrica expresionista, a través del recurso de lo visual, implementado por las acciones que buscan expresar una dialéctica directa, en el sentido de que hay unos propietarios y unos trabajadores, a los que se les paga por su trabajo. Siempre existe la contraprestación del salario, lo cual quiere decir que en una era tecnológica nada a cambiado y siguen existiendo esclavos, fronteras, categorías y clases sociales, étnicas y culturales como ocurre en una buena parte de África. La africanización del mundo se produce no sólo a partir del discurso de los propios africanos sino también a partir de las prácticas de determinados países europeos y de Estados Unidos basados en un concepto de tribu absoluta, aplicada a su país, entendido como ombligo del mundo, pero en realidad dividida en clanes y categorías, casi como en la India, pero con la posibilidad de pasar de una clase a otra gracias a la democracia, aunque realmente este hecho esté al alcance de unos pocos elegidos.
 


 
Joan Lluís Montané 

 

 

 

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