Adolfo Ibáñez García, un recorrido por sus imágenes habituales 

  

 
 

Adolfo Ibáñez trabaja fundamentalmente en óleo sobre tabla y tela, con distintos procedimientos, abordando conceptos diferentes, desde temática rural, desnudos femeninos, pasando por bodegones hasta hilvanar ideas que son formas en el espacio, abstracciones, donde la alegoría y lo no descrito predominan.


Aborda la creación pictórica a partir de series temáticas, que no cierra nunca, continuándolas a través de los años, simultaneando varias temáticas de forma constante, destacando en este aspecto su formación autodidacta, al margen de escuelas y procedimientos. 


Esta actitud libre, procedente de su período inicial de aproximación al arte plástico, le permite combinar series muy diferentes entre sí, dentro de un proceso de experimentación que, en ocasiones se revela muy ordenado y coherente y en otras se muestra más libre, en el sentido de abrirse a la temática sin importarle las consecuencias del desarrollo de la misma. 


En muchos casos aborda dos o tres obras basadas en una misma idea o realiza una serie corta de ellas para probar su capacidad natural de experimentación y valorar las posibilidades de desarrollo. 


Procede de familia de marmolistas, realizando, por tal motivo, incursiones escultóricas, destacando por su dominio del dibujo y la perspectiva, trabajando el volumen, evidenciando sus cualidades para la creación. 


De formación clásica, en sus primeras pinturas busca la armonía, el realismo y la composición ordenada, para, después, con el paso de los años, abordar una creación más expresionista, resaltando rasgos, fomentando contrastes no solo cromáticos sino en sus personajes, para exacerbar el sentido de la realidad, colocando a sus personajes y elementos en la tesitura de la liberación de sus coordenadas habituales, para conseguir que destaquen por sí mismos, al margen de otras consideraciones alejadas de lo puramente plástico. 

 

 


La expresividad rural, personajes que se miran así mismos y que cuentan historias que no explica plásticamente pero que nos imaginamos



Su pintura es ampulosa, mitificadora de lo rural, dando mucha importancia a los elementos, cosas, útiles, alimentos, situaciones y personajes de este medio, destacando por sus grandes facciones, su preponderancia del volumen, porque aborda campesinos dotados de cierta envergadura, en el sentido corporal del término, centrándolos o no, buscando resaltarlos en el contexto de la expresión de la idea. 
Son personajes que nos introducen cual túnel del tiempo en mundos que no explica, en los que no se recrea, pero, la misma visión de estos personajes, hace que su existencia sea tan real como la de aquellos. 
Se trata de personajes-composición, que abarcan imágenes de la historia que los sustenta, que expresan un pasado lleno de aventuras y fatigas, que aun está en boca de los seres que conforman la vida rural. 
El dibujo, en líneas generales, determina una parte evidente de la personalidad de su creación. Dibujo que emplea de tal forma que potencia la expresión de la idea, aumentando su proyección.


Su obra es, fundamentalmente, expresionista, de carácter figurativo, pero, también, hace incursiones en el realismo, asimismo tiene creaciones incardinadas en el expresionismo abstracto, alegórico. 


Domina la perspectiva y el dibujo, pasando de una obra realista, en la que centra la composición, buscando armonizar los elementos que intervienen en la misma, conectando con precisión con otros más evidentes, pero a la vez, secundarios y que se complementan. 


El centro de su composición siempre es el centro y de ahí que se concentre en la dinámica del equilibrio, en la evidencia de la armonía, vehiculada en la propia manifestación de lo singular que acontece en su mundo: Plasencia, Cáceres, Malpartida de Plasencia, las zonas rurales, el campo, la naturaleza, los hombres y mujeres que lo conforman. No hay interés por los paisajes, sino por sus gentes, aunque se centra en las flores y plantas, que presenta descontextualizadas.


En sus escenas de personajes rurales, primero es realista, exhibiendo hombres de rostro curtido, el rastro del sol en la piel, el paso de los años en las miradas, de fuerte complexión, no muy altos, pero potentes, representados con su borrico, portando sandías, o bien jugando a las cartas o alternando en bares, donde también destaca la figura del borracho. Es el vino, la cultura del vino, pero también la del cigarrillo y las cartas. Todos ellos mirando, mirándose, expresando la fuerza que los determina.


Sus rostros, trabajados por el astro rey, dotados de determinación, nutridos de fuerza y equilibrio. 
Explica su fondo, a través de la forma, escenificando sus momentos de asueto, en los instantes en los que los labradores se centran en el juego de las cartas, explican historias de campo y recuerdos, rememorando viejos tiempos que nunca volverán. 


En ocasiones hay quienes prefieren el pasado, a pesar de su dureza, anhelando su contacto con la naturaleza más evidente, fiel y constante. En otras, se explican con claridad, respecto a la situación actual, en la que no hay inversión ni dinero, los intermediarios ganan más, y el campo vive una soledad avanzada, casi recurrente.


Es la imagen del abandono de un medio que nos da de comer a todos, pero que no posee futuro en determinadas zonas.


Es la expresión de una dinámica de vida, que ahora ha sido sustituida por los cambios introducidos con la aparición de las grandes superficies agrícolas, con el predominio de las grandes extensiones, donde el tractor ha reemplazado al animal hace muchos años. 


Aunque siempre quedan algunos veteranos, aquellos que aman lo que quieren, que se convierten en portaestandartes de una cultura, con respecto a la que las nuevas generaciones ha renunciado.


Se trata de exhibir escenas de un mundo rural agrícola que está viviendo sus últimos coletazos, debido a la industrialización, maquinización del campo, a la desaparición de los campos pequeños, de los huertos familiares, de los jóvenes que aún miraban con ansia la naturaleza desbordante, o que mantenían un interés que ahora ya no existe o por lo menos se ha debilitado.


Adolfo Ibáñez pinta escenas rurales, mundos dentro de otros mundos, mundos rurales, diversos, de seres que aún siguen contando historias que no se escriben, empleando herramientas que muy pronto desaparecerán. Dichas historias tienen un fondo que es extenso, porque significa años de trabajo, de sol a sol, levantándose de madrugada, pero... ahora el cambio, la escena varia, sus recuerdos prevalecen en la piel, en sus grandes manos y brazos fuertes, piernas robustas, nada estilizadas, pero que demuestran la dureza de su labor.
El campo, el contacto con la naturaleza, a veces gozando de ella, el aire puro y fresco, la lluvia que se aguanta resguardándose, en ocasiones, quejándose de la crudeza del clima. Todo es relativo, porque en el campo para todos las serpientes son malas, porque pican, tendrán o no veneno, pero imponen su presencia angustiante. 


Refleja a los labradores en momentos de asueto, bebiendo, jugando a las cartas, con sus grandes facciones, piel curtida, ojos que no ven, pero que están ahí, expresiones de vida, contenidas en la intensidad del cigarrillo, concentrados en la partida de cartas. 


En la retina la naturaleza, o sus retazos. Con el dilema a cuestas, porque, parece que esté jugando a su favor, porque es la que les da fuerza, evidencia, coherencia, alimento y trabajo. Pero, a la vez, deben de luchar contra las plagas de insectos, las serpientes y el frío. 


No es una visión idílica la suya, porque se centra en el ser humano, en el hombre y la mujer, cansados por el paso de los años, ajetreados por el embate de los elementos de la naturaleza, aunque muchas veces deben superar las inclemencias del tiempo con perseverancia y fe, obtener la victoria a través de la constancia, de la persistencia en el trabajo. 


El trabajo como centro de su vida. De ahí que apunte a los rasgos de sus caras, expresiones, manos, brazos y que describa también el resultado de su labor. Como la figura central del queso, recién hecho, de leche de vaca auténtica, que exhibe con toda su intensidad y sabor. Es la vida, la intensidad de la vida,  experimentada con crudeza, buscando el alma de lo que pinta, más que describir situaciones, lo que hace es revivir estados de ánimo, que se encuentran en el quid de la cuestión.


Autodidacta, busca elevarse a partir de lo evidente, en el sentido de ser un experimentador nato, que prueba diferentes técnicas, investigando para crecer en conocimientos y poder desenvolverse con autenticidad.

 


Los desnudos alegóricos y las flores



De repente, entre tanta expresividad, sus desnudos femeninos, estilizados, casi expuestos en un pedestal, resaltando sus cualidades intrínsecas, aquellas que son el resultado de sus sueños. Porque sus sueños están llenos de belleza, sin renunciar a la realidad que le gobierna.


El tratamiento cromático de sus desnudos se aleja del planteamiento expresionista, construido a base de colores contrastados y distintos, buscando la fuerza de la evidencia, la determinación de la propia acción que los impele a superar condicionantes. 


No busca el detalle, pero si la forma, el enaltecimiento de la forma de los desnudos, llenos de colores insinuantes, rojos, amarillos, anaranjados, envolviendo a la mujer, protegiéndola, como si estuviera dotada de aura, de magnificencia. En este contexto también destaca su concepción de la imagen de las flores, que centra en la composición, buscando potenciar la fuerza que conlleva el color y la forma, en definitiva,
resaltando la estética, la sutil estética, que es grandilocuente en su intimidad. Sensualidad, tratamiento de ying y yang, primero a través de sus lugareños, labradores, señores del campo, rudos, de caras toscas, manos grandes; luego las mujeres, sensuales, cosmopolitas, de ciudad, mitificadas. La bella y la bestia, lo rudo y lo sutil en armonía.

 




El Cristo, objetos, la mirada abstracta, la alegoría y el futuro


Es un pintor de momentos, instantes que son eternos, envueltos en la propia mirada del tiempo. El Cristo, Jesucristo, un Cristo amable, noble, destrozado, concentrado en el sufrimiento de la Cruz, del martirio. Es el Cristo del sufrimiento, expresionista, pero, a la vez, sumido en la soledad del destino, que no es soledad, sino concentración en el paradigma del cielo. 


Objetos, realismo, elementos sutiles que revelan la existencia de niños, el oso en la mesita de noche, la madre y la hija mirando al espejo, en el que se reflejan directamente. Hay una actitud de ferviente ardor, de determinación en el poso del destino, de edulcorado sentimiento hacia un mundo de inocentes. Domina la técnica, en detrimento del concepto, prefiere concentrarse en la ejecución de la obra, en la realización de su composición, en todos los aspectos de la propia evidencia. 


Su pintura realista se basa en la perfección de rasgos, en pulir expresiones, buscando la armonía, resaltando la faceta central de la composición. La idea vehiculada a través del realismo, centrada en los personajes, en la delimitación de sus elementos, que, presenta, incardinados. 


No hay nada fuera de lo corriente, todo está calculado, incluso busca ser armonioso en todos los elementos. Hay también alegorías y alusiones a otros mundos, más elaborados, sutilmente insinuados, fruto de dejar fluir su subconsciente, que conecta la parte emocional que rige el mismo con la del ser de la persona y también con la progresión del alma. En consecuencia difumina, eliminando referencias, diluyendo iconismos. 


Sus paisajes no describen, son paisajes abstractos, sin referencias concretas, al margen de dinámicas contenidas en el sentido más intimo del espíritu del creador. Indaga en los prolegómenos del abstracto, entendido como subconsciente, como producto de sus ansias de ir más allá de las referencias. 


La abstracción le permite alcanzar el concepto espacial, en el sentido de abordar la composición con una determinación alegórica, en el aspecto de hilvanar sus deseos de desarrollo de la idea, sin necesidad de plasmarla de manera realista ni expresionista, sino buscando la participación de lo abstracto, entendido como actitud mental.


Su mundo es de procedencia rural, sus aspiraciones son ir más allá de lo circunstancial, de ahí que en su obra se refleje este diálogo continuo entre diferentes ideas, que se halla en su fase inicial, en el sentido de ser consecuente con lo que le dicta su conciencia y la imaginación del momento. 


No es espontáneo, sino que medita su obra mucho antes de pasar a la ejecución. No es de trazo rápido ni directo, sino que, primero dibuja, luego pinta, para, a continuación, evolucionar hacia un planteamiento sutil y coherente con su nueva etapa. No olvida sus orígenes y, en consecuencia, va más allá de la unificación de temáticas, consiguiendo estar en armonía con el momento existencial.


De hecho el pintor extremeño es fiel a lo que piensa y siente, al margen de las exigencias del mercado, instalándose de manera permanente en un recorrido por sus imágenes habituales.

 

 

 

Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte 

 


     

 

 

 

 

 

 

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