Felipe Juan, un buscador que encuentra la cromaticidad de la luz
                      

Felipe Juan indaga en el color, en la especulación de la forma que se nutre de distintos sentidos, alimentándose de la profundidad de los sentidos, porque su pintura no se entiende sin el viaje introspectivo. De ahí que frecuente la evidencia, que se interese por la sutilidad de la forma, contenida en otra forma, que a su vez simboliza la misma idea. Superpone colores, busca transparencias, dibuja, perfila, detalla, para imponer su ley ante la fuerza emblemática del color. En este contexto es importante el dibujo porque es la senda que le guía hacia la salida del laberinto, permitiéndole ir más allá de las circunstancias. Supera detalles, avanza hacia la iconografía formada por manos que sujetan el mundo, otras que mecen a los niños índigo, temáticas de flores, alegorías de la naturaleza, fuerzas que se conjugan, complementándose, para viajar más allá de las limitaciones. 
Emplea gama de colores suaves, otros más intensos, correspondiéndose a la amplitud del cosmos, contenida en el universo, ensimismada en la evidencia de que el macrocosmos está en el microcosmos, y, ambos, son parte del todo del universo. Cuando vemos, viajamos, absorbemos la realidad, transformándola, vehiculándola hacia planteamientos sutiles, esenciales, que se suman unos a otros, para transformarse en algo misterioso, cuando lo enigmático se encuentra en la simplicidad de la vida. 
En este sentido cuando más simple es la existencia, tanto más compleja se vuelve, porque los matices son detalles, contenidos en el magma, o bien extrapolados en la atmósfera cromática de las múltiples posibilidades y adivinanzas. 
Sus naturalezas externas se fundamentan en el interior, además también son fruto del aura dominante del momento, de la energía que mueve la masa, de la capacidad de transformar la materia en energía. Porque la materia es vida, momentos, suma de instantes, amalgama de elucubraciones que tañen música celestial. 
La biología es transformación y el detalle de la existencia es la propia evidencia del movimiento continuo que está impreso en los genes de todo lo existente. 
Hay distintos tipos de energía, a su vez diferentes conceptos de materia, de la misma forma que existen varios planteamientos de vitalidad. La asimetría se vuelve simétrica cuando el movimiento lo abarca todo. De ahí que la geometría sea gesto, el gesto materia y, esta, color. La armonía es desarmonía, porque en un planeta binario debe existir lo complejo para potenciar lo simple.


Felipe Juan viaja a su interior, se fija en la perspectiva de la meditación, en aquella senda que nos obliga a ser uno con nosotros y a ser nosotros en uno, para mostrarnos la embriaguez de la propia idiosincrasia. 
Lo sutil es evidente. La fortaleza de lo sutil reside en la capacidad del artista para mostrarnos la gama de movimientos y cambios contenida en la propia perspectiva del color. Por que el color es luz y cada tono es una evidencia diferente de la propia y ambigua vida, o bien perteneciente a la esencialidad más recurrente, a la formulación de los deseos más escondidos, aflorando a la verdad de lo cotidiano. 


Huye de lo cotidiano materialista, para refugiarse, a través de la magia del color, en la predisposición de la naturaleza a ser dévica, a trasladarnos a su propia y escondida esencia. 

  
 
Joan Lluís Montané

De la Asociación Internacional de Críticos de Arte
 

 

 

 

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