Del 6 al 30 de abril en el Museo del Ferrocarril de Madrid

   

Evocaciones poéticas de una naturaleza singular en el objetivo de Chema Morán y Pepe Pernil     


El Museo del Ferrocarril en sí mismo constituye un canto a un tiempo que ya fue y que muchos de nosotros hemos vivido con intensidad o bien en sus últimos tramos como es mi caso. Las máquinas de carbón, las legendarias y magníficas máquinas de tren que echaban humo por todos lados, con la caldera a tope, el silbato intenso, la densa niebla provocada por el humo del carbón que salía a presión. El ruido del traqueteo del tren, la fuerza del ritmo impuesto por las ruedas, toda la magnífica mole de hierro en marcha, con potencia, determinando sus objetivos, buscando la expresividad de la determinación. Estaciones de piedra y madera, rodeadas de viajeros esperaban en los andenes, mientras los pasajeros que nos encontrábamos dentro éramos sometidos a la tracción rítmica del discurrir del deslizamiento de sus ruedas por los raíles. Viajeros del tiempo nos encontramos hoy, de nuevo, con las imponentes moles de hierro, con las construcciones magníficas de trenes y vagones preciosos de madera, obra de artesanía pura, que nos conducen a viajes y ensoñaciones de juventud. En mitad de máquinas y vagones, maquetas a escala, dentro de la Estación de RENFE de Delicias de Madrid, hoy convertida en Museo del Ferrocarril, se halla la exposición de dos fotógrafos que evocan de manera distinta la naturaleza a través de su obra: Pepe Pernil y Chema Morán. 


Pepe Pernil indaga en los prolegómenos de la poética cromática, aplicada a sus paisajes inicialmente fotografiados en blanco y negro. Paisajes que plasman escenas de montaña, campos, valles, el mar y la barca, una senda, el camino hacia el infinito con cascada incluida. Se mueve a través de las elipsis y las metáforas, buscando simbolismo, utilizando para ello los propios elementos contenidos en la naturaleza circundante. No le interesa la descripción, sino que emplea el paisaje como campo experimental, como punto de partida singular, basado en la determinación de lo sugerente. El paisaje es la base, punto de partida, como si fuera el elemento tierra, la solidez que envuelve, encierra, configura, determina, emula, sintoniza con la materia. Luego se halla la visión poética del creador, aumentada con su intervención a través de la coloración de las imágenes obtenidas en blanco y negro empleando la acuarela. Configura una auténtica poética del paisaje. Es austero, sobrio, pero, a la vez, nutrido de intensidad pasional lo cual produce un diálogo formal en el que desarrolla sus visiones elípticas bidimensionales de un paisaje que va más allá de la materia, aunque parte de ella.


Por su parte Chema Morán, hoy residente en León, aunque manteniendo los vínculos con Madrid, se concentra en el movimiento del agua, en la multiplicidad de ondulaciones que son energía, que constituyen cinetismo, gesto que llama a otros gestos en el discurrir del liquido elemento a través de riachuelos de montaña. Su serie, denominada Espejos de agua, enfatiza a través de su macro de la cámara digital en aspectos clave del agua y sus moléculas, en el aspecto de incidir en su ondulación entendida como ejercicio energético, pero, también, como producto de la pureza que representa en un entorno idílico. Conceptúa el agua como elemento derivado de la pureza de la naturaleza, de ahí que su visión sea cinética, transparente, buscando constatar la realidad de su auténtica pureza singular. La idea de pureza se basa en la no contaminación, en el mantenimiento del agua como parte de un entorno idílico, de la utopía. Es un romántico utópico, que busca aspectos mecánicos, físicos y técnicos cuando crea aplicándolos a la temática sin dejar de lado su aproximación a aspectos más interiores y sensibles. Sus macro fotografías no buscan ejercitarse en las formas geométricas elementales, sino en captar el movimiento, la capacidad de producir destellos de luz, que iluminan toda la superficie de la lámina del agua. Se trata de ser coherente con la búsqueda formal, a través del color, empleando la forma como vehículo, para adentrarse en la idea. Del agua proceden las primeras formas de vida de la tierra. De ahí que en las miles de moléculas, en los cientos de miles de ondulaciones, destellos de luces, cromatismos que expresa, esté cencerrada su visión primigenia de la humanidad. Del agua somos y del agua volvemos y en el agua está la clave de la propia existencia. 


El agua es el elemento catalizador del eje de su discurso romántico, conteniendo tecnicismos, también cierta preocupación experimental, pero, a la vez, regresando a la inmanencia que le caracteriza: es un captador de la poesía de la vida, a través del silencio, sin emplear palabras, en línea con una concepción rebelde de la existencia.


Joan Lluís Montané

De la Asociación Internacional de Críticos de Arte

 

 

 

 

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