Dimensionalismo, la búsqueda espiritual del siglo XXI

 

Francisca Blázquez se reivindica a sí misma, a partir de un lenguaje totalmente personal, basado en su propio acerbo artístico, formado por ideas que le dictan procedentes de otros planetas, dimensiones, comunicadas por hipotéticos seres o deidades, o bien desde energías superiores, que irradian fuentes inagotables de conocimiento. Otras imágenes proceden del plano onírico, del mundo de los sueños, pero, la creadora no suele levantarse por las noches debido a una idea que le hayan dictado en los brazos de Morfeo. Más bien, su forma de crear surge a partir de la práctica diaria, del trabajo constante, de los rayos de sol que inundan su estudio, o bien, cuando menos se lo espera, en cualquier instante del día, pero, fundamentalmente, cuando hay luz del sol y el cielo azul nos ilumina a todos, deseándonos una buena jornada. 


No es durante la noche cuando mejor se inspira. De todas formas la luna está presente en su obra, porque como planeta y por su potente energía forman parte de su iconografía plástica.


De manera espontánea Francisca se conecta con el inconsciente del universo, como si fuera una correa de transmisión. Su cerebro capta formas, procesándolas y, luego, en su obra, se encarga de desarrollarlas plásticamente. No busca ninguna utopía, dado que su lenguaje no es político, al modo de las corrientes al uso, porque ha superado los conceptos teóricos que nutren el planeta de seudo propaganda que no tiene finalidad concreta, confundiéndose con las ondas electromagnéticas del espacio en el sentido metafórico del término. Tampoco le interesa consolidar una visión plástica alejada de la sociedad, buscando la fusión o el maridaje posmodernista. 


Además, no tiene ninguna intención de sorprender, porque, en el querer romper esquemas al espectador, subyace una pobreza plástica, una falta de sinceridad que separa a los artistas de sus fuentes naturales. Distorsionan su discurso porque les desvían de su propia coherencia interior, adoptando posiciones que están mucho más de acuerdo con el mercado que con la necesidad de elaborar una creación auténtica.


Francisca Blázquez elabora, en contrapartida, una innovadora teoría de las formas, el Dimensionalismo, basado en un estilo plástico espiritual. Evoca, sin quererlo, de manera directa, el legado de los hombres sabios, de los animistas, santos, profetas de todas las religiones, indios del Amazonas y chamanes. Un lenguaje que habla de la existencia de un mundo anímico, de espíritus, de formas que se esfuman, desvaneciéndose en el aire, desmaterializándose. No demuestra una actitud clara de lograr o reivindicar la espiritualidad como valor intrínseco en el sentido teórico, sino que expresa lo que es, en realidad, por sí misma: un ser de luz. No le hace falta rodearse de parafernalias extrañas porque el enigma es su propio yo, que hace mucho tiempo que ha hallado la paz, dentro de la serenidad de quien se sabe poseedora de la llave del cielo, aunque tampoco lo vocea. Es la guardiana de la serena belleza espiritual, a partir de acometer una obra basada en la pureza de los ángeles, en el legado del universo más sensible, en el que todo tiene sentido, hasta aquello que es completamente ajeno a él, convirtiéndose, en contrapartida, en pieza insustituible. 


No hay energía negativa, su obra procesa las malas vibraciones, concentra, a través del color, toda la potencia espiritual, que descansa en la serena visión de la realidad más allá de los límites. Vacía su interior, se serena con su conciencia, surgiendo de su fantástico mundo formas que son intangibles, pero, a la vez, evidentes. ¿Qué quiere decir con todo esto? Significa, en primer lugar, que busca coordinarse con la transmutación de la materia, porque en el siglo XXI no tiene sentido representar formas hieráticas, utopías románticas teóricas sin sentido, sino, más bien, una progresión de las ideas, a partir de tener en cuenta los avances científicos, la desintegración del átomo, la física cuántica, la posibilidad de viajar a otros planetas por la vía rápida, las teorías de la desintegración y reagrupación molecular. Juega con la ciencia ficción, con la ciencia del futuro, pero, también, indaga en las posibilidades de la investigación química, las ubicuidades generadas por las teorías próximas al principio de la causalidad. 


La geometría es históricamente tan antigua como la evolución de la humanidad. El hombre primitivo representaba escenas en las pinturas rupestres cuya influencia era de ascendencia geométrica. Las culturas africana, polinesia, indonesia, aborigen australiana, maya, azteca, el animismo de los indios mesoamericanos, indígenas del Amazonas y de otras latitudes así lo atestiguan en diferentes estadios del paso del tiempo y las civilizaciones. La abstracción geométrica forma parte de la vida del individuo, y, por lo tanto, está dotada de autoconciencia, de una aura mágica, que la transporta hacia otras latitudes, que la convierte en símbolo. Francisca Blázquez es la continuadora de los chamanes, indios, mayas, hombres y mujeres espirituales de todo el mundo, sin caer, por ello, ni pretender tampoco reivindicar una manera de ver las cosas prácticamente al hilo con una visión rompedora con respecto a la sociedad de la tecnología. Precisamente todo lo contrario, quiere ir a la par con los avances científicos, con el progreso de la ciencia, con la actitud de los científicos preocupados en conseguir una evolución coordinada con la humanidad. No le interesa el enfrentamiento social, ni tampoco busca adoptar una actitud de ironía con respecto a la propia evidencia de lo creado, dado que la esencia de las cosas, siempre en movimiento, se coordina con los deseos y apetencias de los seres humanos. 


Emplea el cilindro de luz como medio para viajar de una dimensión a otra, transportando materia, desintegrándola y volviéndola a recomponer. Cilindros de luz que, dentro del lenguaje de la ciencia ficción, también sirven para transportar personas, si la ciencia estuviera más avanzada. Hasta ahora la armonía entre fe y ciencia, espiritualidad y tecnología se contemplaba como una ecuación incompatible. Con su aportación se constata, precisamente, la armonía entre ambas concepciones. No hay imprevisión en su pintura, porque siempre ha llevado a cabo una evolución natural en las temáticas, a veces visceral, en otras ocasiones, producto de la más serena visión. Es decir que no hay artificiosidad, no existen los planteamientos rebuscados, porque no le interesa la obra compleja por sí misma, sino según se lo vayan demandando las necesidades de la propia temática.


Viajan las formas, gracias a la contribución de la luz, de los cilindros de luz, pero, también por la propia inercia que posee el universo. Una inercia que se nutre de materia, sujeta a transformación, en la que inciden energías de diverso signo, que transforman estructuras moleculares, que cambian procesos, que desarrollan otros, siempre en línea con la luz cegadora que está en permanente vigilia, que se encuentra libre, sin ataduras, porque no tiene prejuicios, dado que su potencia es tal, su poder es omnipresente, que no precisa disimular su cometido.


En determinadas obras la artista exhibe otras formas que están flotando en el espacio, como suspendidas, recreándose en la placidez de las mismas, en la serena navegabilidad, que parece no tener fin, dado que avanzan hacia el infinito de un universo que no conoce los límites. En este aspecto las formas ocupan los primeros planos, la visión de sus ángulos, de sus recovecos, de los detalles, como si fueran objeto de un seguimiento desde un observatorio especial. Son formas que están ahí, que van y vienen, que suben y bajan, que ascienden y descienden, ocupando distintos enfoques según su posición. Mantienen, como es lógico, su coherencia como tales, pero siempre inoculando la idea del cambio, de la variación de su posición. En este caso se trata de formas complejas, que están formadas por distintas estructuras, que son como arquitecturas actuales de cariz futurista, pero totalmente insertadas en la vanguardia de la nueva geometría.


Hay determinadas formas, que se asemejan a paisajes abstractos, otras que recuerdan caras, seres humanos y caballos, dentro de un espectro menos lumínico, más material, incidiendo en el tema arquitectónico, remarcando la fuerza del contenido, la mirada de conjunto de la composición que se mueve dentro de un cierto doble juego: por un lado presenta una visión geométrica abstracta; mientras por otro, una mirada de la obra desde lejos puede darnos como resultado que veamos algo que se asemeja a un rostro, y, en otras ocasiones, nuestra retina nos comunica la visión de unos caballos o de ojos que nos observan. Pero la verdad es que todo depende de los ángulos de enfoque y de los planos. 


Su imaginación es poderosa, sugiere y transforma, constata una cierta variación en el conglomerado de geometrías formales en que la artista trabaja, dentro de planteamientos que están influidos por sus estados de ánimo, además de por imágenes de hechos y sucesos de la vida cotidiana. Constatamos una cierta predilección por la utilización de formas compactas, que no son delicuescentes, es decir que no se derriten, porque su hábeas matérico es tal que apoya la fuerza de la propia idiosincrasia de la temática basada en la abstracción dimensionalista, creada a partir del juego de formas en diferentes zonas para hallar el desarrollo narrativo más adecuado a una geometría actual. Esta no tiene referencias muy concretas del pasado, se ha generado por la necesidad de la artista de avanzar con la mirada puesta en el horizonte, en el desarrollo de paisajes con fondo, de equilibrios compositivos que han surgido del conciente en su pugna con la imaginación desmedida que se muestra más visceral e indignada, porque quiere ir más allá de las circunstancias e implantar una lógica que divaga entre el cromatismo explosivo y la presencia elegante del negro como fondo habitual de una gran parte de su composición. Negro que, para la creadora multidisciplinar madrileña, es color intenso, vibrante y camino que abre las puertas de la propia espiritualidad. Ello no quiere decir que renuncie al pasado, pero tampoco se recrea en el.


Caras, rostros que no existen, expresiones concretas matizadas por las limitaciones de las propias formas, que son ella misma, que somos nosotros, pero que, en realidad, se trata de geometrías abstractas que van en busca de lo no icónico en un ambiente de sugerente iconocidad, aunque dentro de los parámetros de la geometría. Formas compuestas por otras formas, las esenciales, que armonizan de manera determinante, para transportar, comunicando, temáticas que se hallan en el inconsciente colectivo. 


La dimensionalidad está siempre presente, porque la aparición del negro, en las zonas de sombra de las formas, sugiere la presencia de otra dimensión, dado que provoca un efecto de relieve, agrandando el campo visual de la estructura. Se trata de emplear el color para delimitar las dimensiones, sin que por ello se pueda definir claramente que sea el negro quien refuerza la composición cuando perfila formas, porque, en otras pinturas la artista madrileña concentra su interés en el empleo de otros colores para el mismo comedido como el azul, verde, blanco, rojo, amarillo, violetas y gama de grises.


No hay agresividad, sino una sensación de cambio, traslación, desarrollo, transfuncionalidad, energías que renuevan la materia, en definitiva, movimiento, que es quien define la nueva geometría. Es una obra que surge del sentimiento de paz, del interior de la artista, que, sin embargo, es activa, de ahí que, constantemente, naves espaciales, o estructuras formales que se les asemejan, cilindros de luz que transportan la materia, predominen en su obra. Siempre la traslación, porque estar y anclarse en un mismo sitio supone una cierta aproximación a la muerte. Por eso la luz y la energía, la idea del movimiento matizan, dominan, conducen a la composición en dirección a nuevos mundos de manera constante. Mundos que proceden de la imaginación de la artista, pero que también surgen de la ciencia y que se conexionan de manera espontánea en la manera de vertebrar su acción.


Decidida, con determinación, buscando la fuerza del más allá en la luz, coherente, sincera, pragmática, la autora madrileña multidisciplinar es consciente de que la geometría es la base estructural del universo, a partir de la cual la luz incide, irradiando su poder, dentro de unas características fundamentales en las que hay un diálogo entre la base, lo material y la trascendencia.


La geometría, en líneas generales, es fría, pero la suya es cálida, explosiva, de colores vivos, que estallan de tan expresivos que son. Explotan en mil pedazos formales como si fueran ingredientes de una caldera imaginada, de una olla a presión, que muestra su contenido en un marasmo enriquecedor, en el que tienen cabida las existencias cromáticas de toda una vida, porque las formas son inmensas, no tienen límites, aunque el propio universo se interroga constantemente en pos de hallar una explicación coherente a su existencia.
Francisca Blázquez es un chamán moderno, sacerdotisa del espíritu, santa del color, -en el sentido que cree en su pureza, visceralidad y contraste lleno de la brillantez que se precisa para enamorar a los seres humanos-, fuerte y valiente, que no duda en apostar por la espiritualidad en una época en que hay una gran confusión en torno a ésta, siendo manipulada por unos y otros. Pero la creadora pictórica explica que lo más importante es la coherencia con uno mismo y su interior. A partir de ahí crea una sensación de gran serenidad, en la que lo importante es transmitir lo mejor de uno mismo a los demás. 


Hoy la gente está huérfana y necesita guías que la conduzcan, que la transporten hacia situaciones de luz. Francisca, salvando montañas, escalando cimas, buceando en el universo, ha hallado la explicación más evidente a sus necesidades, que son las de toda la humanidad: ser coherente para transmitir su propia verdad. En consecuencia, en 1998, crea el Dimensionalismo, teoría de las dimensiones, de la forma geométrica que viaja, cambia, se transforma, dentro de una dinámica estructural imparable, sucediéndose unas a otras, en medio de un cierto culto a la serenidad de la visión, de la actitud de espera con respecto a la evidencia de la pervivencia de la propia forma pero puesta al servicio de la desintegración de la materia, para volver a reagrupar átomos y moléculas.


Para ello, Francisca ha tenido que dejar atrás la estética vacía de los posmodernistas, empeñados en fusionar lenguajes, buscando la aparición de uno nuevo, cuando, en realidad, lo fundamental, es creer en una línea determinada de actuación, en este caso el Dimensionalismo, que surge de la geometría, pero que no posee handicaps o mochilas que lastren el paso del protagonista del viaje hacia la superación de la nada, para instalarse en la brillantez de la luz. 


No es verdad que esté la nada como última explicación, incluso científicamente esta teoría no se sostiene. De ahí que Francisca sea el portaestandarte que con su varita mágica ha convulsionado el universo y ha sido capaz de hallar la verdadera libertad, superando muros inquebrantables y ventanas situadas a lo alto del castillo. No hay mazmorras, todo ha caído de la habitación, los objetos se encuentran en el suelo, el castillo ya no tiene piedras como ladrillos, sino alas, se ha convertido en un cisne blanco, que mira a lo lejos como el magma del hilo dorado avanza, volando, situándose en la cima de la montaña más hermosa del mundo. En ella se encuentra el cilindro de luz que transporta a personajes y formas hacia otras latitudes, a coordenadas perdidas en el espacio. Pero esas coordenadas, ese espacio no es la nada, sino un espacio, esté poblado de galaxias o no. En un terreno menos descriptivo y más interior, la nada como ausencia de todo es un contrasentido, porque el todo es todo, incluido la nada, que es una parte del mismo.


El Dimensionalismo es la teoría de la luz, que nos permite ser coherentes en una época de cambios, no solo con nosotros mismos, sino también con el espíritu y la ciencia. No hay verdad sin contraste y Francisca ha alcanzado la opción espiritual a través de la ciencia y de su propia fe inquebrantable en el sol y las estrellas que habitan en su interior, en la senda transparente en la que el universo se mira en el espejo del infinito, mientras que la luna se adueña de la sensibilidad de los seres que pueblan los diferentes mundos. 


    

 

Joan Lluís Montané

De la Asociación Internacional de Críticos de Arte 

 

 

 

 

 

 

  

 

© 2005 - 2017  Queda prohibida la reproducción total o parcial de la obra de Francisca Blázquez, dibujo, pintura, escultura, joyería, animación digital,

stands, instalaciones, diseños, fotografías, etc. aún citando la procedencia

 

 www.franciscablazquez.net

 

Aviso Legal